
Lo decía aquel gran novelista francés, Marcel Proust: "Aunque nada cambie, si yo cambio, todo cambia". Es un aforismo tan profundo, tan aplicable y tan cruel. Cruel, por el mensaje, el significado y el poder que le otorga a la individualidad.
En una sociedad como la nuestra, donde estamos tan predispuestos a asumir el papel de víctimas, espectadores y jueces, que alguien nos diga que tenemos la capacidad de cambiar aquello que no nos gusta o quisiésemos mejorar, es para nosotros hasta insultante.


